donde voy a ir a pasar el resto de mi vida”
Woody Allen.
Mi generación, la “X”, ha sido marcada por un paso frenético, con ese triste sentimiento que lo popular de hoy será noticia mañana y la envoltura al siguiente día, sentir culpable de recibir cosas nuevas y desechar las viejas, descubrimiento que te lleva al éxtasis y después al aburrimiento, casi como de matrimonio en crisis.
Ella, ha dado el paso de las canicas al nintendo, de la máquina de escribir a la computadora y del cine al CD; dio muerte a las hojas tabulares para usar las de cálculo, el celular por el teléfono y las conversaciones en monosílabas; somos la generación del león rampante tecnológico y las comunicaciones, aquella que abrazó a internet para nunca soltarlo; vivió la cara amable del Japón, el resurgir de Alemania, vio pero no sintió la caída de la unión soviética y el milagro de la democracia española, transitó como espectadora de la guerra fría, los rehenes en Irán, la guerra en Afganistán, los contras, el atentado a Ronald Regan y al Pápa, el temblor del 85, la muerte de Colosio, el tratado de libre comercio y los zapatistas, sufrió en carne propia las devaluaciones del peso y de las instituciones; todo tan rápido como los unos y ceros de su era digital y tan vacio como los manuales que todo lo acompañan.
Es tanto lo recibido por mi generación que ahora se encuentra abrumada, nunca había tenido la necesidad de dar forma a algo, de comprometerse, mucho menos de exigir; somos la generación que desconoce los pactos políticos de 1978, años de esfuerzo que hoy se tiran impunemente a la basura sin que se diga nada. Pero la entiendo, a mi generación la forzaron a ser los protagonistas del Mago de Oz, es decir, un león sin corazón, un espantapájaros sin cerebro y un hombre de hojalata sin sensibilidad, constantemente amenazados por la bruja mala del este y esperanzados en el maravilloso y grandioso Mago de OZ.
… ¡Quiero regresar a casa, quiero regresar a casa, quiero regresar a casa!